EUROPA, REVUELTAS Y PROTESTAS El futuro deseado frente al futuro amenazado De París a Milán, pasando por España, Lisboa y Tirana. Si miras las noticias, parece que el mundo civilizado se está prendiendo fuego a la vez. Pero esta oleada de protestas no es casual ni aislada, sino el síntoma de una fractura sistémica global. En Francia empezó con estudiantes reclamando colegios dignos; en Albania, por la corrupción urbanística; en España y Portugal, por la imposibilidad de pagar un techo. Hay un factor demográfico clave: la Generación Z lidera la calle. Es la primera generación en décadas que asume, con datos en la mano, que vivirá peor que sus padres. Protestan porque no hay futuro. ¿Por qué escala la violencia? Las demandas ya no son corporativas, sino que reflejan una rabia difusa ante un futuro sin esperanza. Además, el vacío político lo está capitalizando la polarización. Mientras la calle arde por cuestiones materiales (salarios, alquileres, educación), los extremismos intentan dominar las narrativas. Esto no es nuevo en la historia, pero la gran paradoja del siglo XXI: nunca el mundo produjo tanta riqueza y, a la vez, nunca las clases medias y jóvenes de los países desarrollados se sintieron tan vulnerables y asfixiadas Los paradigmas sociales, económicos y políticos están en un gran tsunami de cambios. No hay otro remedio, porque "como es arriba, es abajo" y resulta que Urano, Neptuno y Plutón han cambiado de signo de forma simultánea. Y cuando los dioses del cambio se agitan, todo tiembla. Ya no hay vuelta atrás. Hasta aquí, el hilo de tuits que puse en X hace escasos días, pero… La protesta empieza mucho antes de que arda un contenedor El contenedor ardiendo tiene una ventaja televisiva porque se comprende en tres segundos. Explicar por qué alguien trabaja y no consigue independizarse requiere más tiempo. Por eso vemos tantas llamas y entendemos tan poco del combustible. Las movilizaciones de este otoño europeo reúnen conflictos diferentes. En Francia, las protestas educativas han confluido con el descontento por el coste de la vida; en Italia y Bélgica pesan los servicios públicos y las políticas presupuestarias; en España y Portugal, la vivienda. En Grecia, estudiantes y profesores han salido a la calle denunciando carencias educativas y dificultades de alojamiento. Compartir calendario y algunas reivindicaciones no convierte a todos estos movimientos en una sola organización. Tampoco quienes protestan persiguen necesariamente una revolución. Algunas reclamaciones buscan recuperar seguridades que se consideran perdidas. Una movilización puede resultar radical en sus métodos y bastante conservadora en sus aspiraciones: conservar el barrio, la escuela, el empleo, el derecho a quedarse. Sin embargo, cabe reconocer una pregunta común: ¿Cuánto esfuerzo exige hoy conseguir una vida que ayer se consideraba normal? Ahí empieza una paradoja de nuestro tiempo: para defender una vida corriente, hay quien siente que necesita hacer algo extraordinario. El pan tenía un precio; la paciencia también El historiador británico E. P. Thompson ofreció una herramienta especialmente fértil en su ensayo de 1971 sobre la «economía moral» de la multitud inglesa del siglo XVIII. Los motines por los alimentos respondían a algo más que un reflejo del hambre. Los participantes defendían unas expectativas compartidas sobre el abastecimiento, la reciprocidad y el precio justo. La cuestión era qué podía hacerse legítimamente con un bien indispensable. Acaparar grano mientras la población sufría escasez podía ser una operación rentable y, al mismo tiempo, una transgresión intolerable para la comunidad. La comparación ilumina una parte del malestar actual. Una subida de precios produce una dificultad material, pero percibir que alguien obtiene beneficios extraordinarios de una necesidad básica, como es la vivienda, añade un agravio. Ese segundo componente explica por qué determinadas situaciones indignan mucho más que otras de coste parecido. La distinción importa. Quien responde a una protesta únicamente con “es lo que marca el mercado” cree haber terminado la conversación precisamente cuando la conversación empieza: ¿Qué necesidades queremos dejar enteramente expuestas a la capacidad de pago? Esto tampoco convierte cualquier exigencia popular en razonable ni cualquier beneficio en abuso. Obliga a examinar las reglas, las responsabilidades y el reparto de los costes. Una sociedad puede aceptar diferencias considerables de riqueza mientras conserve alguna idea compartida de lo admisible. Cuando se rompe esa referencia, cada factura comienza a parecer también una declaración de poder. La vivienda: cuando el patrimonio de unos es el porvenir de otros Según Eurostat, entre 2015 y el tercer trimestre de 2025, los precios de compra de vivienda aumentaron un 63,6 % en la Unión Europea y los alquileres un 21,1 %. Otro dato sitúa el problema en la biografía: en 2025, el indicador de edad de salida del hogar familiar alcanzaba 30,2 años en España, frente a 26,3 en la UE. La emancipación depende también del empleo, las políticas públicas y las costumbres familiares; atribuir toda la diferencia a la vivienda simplificaría demasiado. Las causas materiales requieren atención. El Banco de España señala el desfase entre la creación de hogares y la producción de vivienda, junto con la escasez de mano de obra, las dificultades urbanísticas y la falta de suelo listo para construir. También ha advertido del crecimiento de usos alternativos al alquiler residencial. Karl Polanyi, en La gran transformación (1944), examinó los problemas de someter el trabajo, la tierra y el dinero a la ficción de que funcionan como mercancías ordinarias. Su argumento ayuda a formular la contradicción contemporánea: la vivienda es simultáneamente un lugar para vivir y un activo del que se espera rendimiento. Una misma subida puede aumentar el patrimonio del propietario y alejar la independencia del inquilino. Incluso dentro de una familia, lo que los padres celebran como revalorización puede ser lo que impide marcharse a los hijos. A estos últimos se les recomienda paciencia, formación y espíritu emprendedor. Entre las competencias más rentables sigue figurando, sin embargo, haber nacido con una entrada de piso resuelta. Tocqueville: la injusticia se vuelve insoportable cuando parece evitable En El Antiguo Régimen y la Revolución (1856), Alexis de Tocqueville formuló una observación que incomoda a quienes creen que las revueltas se explican simplemente por el grado de miseria. Las sociedades no se rebelan siempre cuando están peor. Las mejoras y las reformas pueden hacer más visibles, y menos tolerables, los agravios que permanecen. Lo decisivo es que cambie la percepción de lo posible. Una carga aceptada durante generaciones puede volverse ofensiva cuando deja de parecer inevitable. Esta perspectiva permite examinar el malestar europeo sin afirmar que vivimos peor que en cualquier época anterior. Una persona compara su situación con lo que esperaba conseguir, con lo que considera razonable y con lo que ve alcanzar a otros. De ahí la insuficiencia de recordar al joven precario que sus bisabuelos vivieron sin agua corriente. El dato puede ser cierto y la respuesta, perfectamente inútil. Sus bisabuelos tampoco recibieron durante veinte años el mensaje de que una buena formación les abriría todas las puertas. Cuando una sociedad promete movilidad y recompensa al esfuerzo, genera expectativas con las que después será juzgada. La frustración se vuelve especialmente intensa si la preparación mejora, pero la autonomía permanece aplazada. El progreso material no cancela automáticamente el conflicto, sino que modifica el umbral de lo que estamos dispuestos a aceptar. Esta es una raíz profunda de muchas protestas. La pregunta no se limita a cuánto tenemos; incluye cuánto control creemos tener sobre nuestra vida y qué distancia separa lo prometido de lo alcanzable. El futuro deseado frente al futuro amenazado En la Europa contemporánea se observa un malestar multicausal y policéntrico. A diferencia de los movimientos obreros del siglo XX, vertebrados por organizaciones jerárquicas o partidos de masas, las movilizaciones actuales exhiben una estructura en red, caracterizada por la horizontalidad y una notable capacidad de autoorganización a través de plataformas digitales. Las causas transversales que alimentan esta agitación abarcan diversos factores: Pérdida de poder adquisitivo y encarecimiento del coste de vida: La presión acumulada por la inflación, el coste de los suministros energéticos y la cesta de la compra ha minado la estabilidad financiera de la clase media y trabajadora. La crisis de la vivienda: Convertida en uno de los principales focos de conflicto urbano, la dificultad de acceso a un techo digno cataliza la indignación de amplios sectores jóvenes y de rentas medias. Erosión del Estado del bienestar: La percepción de un deterioro progresivo en la sanidad, la educación y las pensiones genera la sensación de la ruptura de un contrato social tácito. Desconfianza institucional y brecha de representación: Existe un distanciamiento cada vez mayor entre las agendas de los partidos tradicionales y las urgencias cotidianas de la ciudadanía, lo que canaliza la protesta fuera de los cauces institucionales ordinarios La Generación Z (nacidos aproximadamente entre 1997 y 2012) no es un mero espectador del malestar social en Europa, sino su principal catalizador y el sujeto político que define las formas de la protesta contemporánea. Su protagonismo es central, aunque opera bajo lógicas sensiblemente distintas a las de las generaciones que las precedieron. Hay precedentes históricos con los que podríamos comparar estas revueltas y protestas actuales, como: La Primavera de los Pueblos (1848) Una ola revolucionaria simultánea que recorrió Europa (Francia, Estados alemanes, Imperio Austríaco, Italia). Combinó demandas democrático-liberales con los primeros reclamos explícitos de la clase obrera e industrial naciente. El Mayo del 68 (1968) A diferencia de las revoluciones estrictamente económicas, la insurrección estudiantil y obrera en Francia planteó una crítica de carácter cultural y existencial contra el consumismo, el autoritarismo institucional y la alienación moderna. Pero, salvando las enormes diferencias de cada ocasión histórica y sus circunstancias, hay alguna que llama especialmente: si las generaciones anteriores protestaban para preservar o mejorar un estatus social, la Generación Z se moviliza desde la incertidumbre estructural. Bloqueo vital y vivienda: Son los primeros afectados por la inalcanzable emancipación residencial. El encarecimiento de los alquileres y la vivienda en las metrópolis europeas ha convertido el acceso al hogar en una barrera estructural. Ruptura del pacto intergeneracional: Se han criado bajo la premisa de que tener estudios superiores o cualificación ya no garantiza la estabilidad económica ni la movilidad social ascendente. Ansiedad por un tren continuo de crisis y amenazas, unas reales y las otras totalmente prefabricadas para asustar, polarizar y someter: Atentado de las Torres Gemelas; Gran Crisis Financiera, Covid, Ecoansiedad y urgencia climática, Wokismo y confusión en la orientación de las relaciones personales y la sexualidad; la inmigración, redes sociales que convierten en zombis, la constante amenaza de guerra mundial… y varias más. Porque todo eso lleva a la sensación de que no hay futuro. El verdadero salto cualitativo de la Generación Z radica en cómo se organiza y cómo comunica. Han sustituido los canales de mediación tradicionales (sindicatos, partidos de masas) por dinámicas nativas digitales. Organización Tradicional Nueva Dinámica Gen Z • Estructura jerárquica con líderes visibles • Convocatorias por canales institucionales • Tiempos lentos de negociación y asamblea • Estructura en red horizontal y distribuida • Autoorganización en Telegram, Discord y TikTok • Viralidad, hiperinmediatez y acción relámpago Aunque el Mayo del 68 y la agitación actual de la Generación Z comparten la juventud como sujeto revolucionario y la calle como escenario, ambos movimientos responden a contextos históricos, socioeconómicos y tecnológicos opuestos. La diferencia fundamental reside en que el Mayo del 68 fue una insurrección de la abundancia y el optimismo cultural, mientras que la movilización de la Generación Z es una protesta de la escasez y la supervivencia. La diferencia filosófica más profunda estriba en el horizonte de expectativa de cada generación. El optimismo utópico de 1968: Los estudiantes del 68 creían sinceramente que el mundo podía ser reinventado ("La imaginación al poder"). Su crítica nacía del convencimiento de que las estructuras tradicionales eran el único obstáculo para la realización personal y colectiva. El pragmatismo defensivo de la Gen Z: Crecidos tras la crisis financiera de 2008, la pandemia de 2020 y la amenaza del cambio climático, la Generación Z no busca construir una utopía ideológica, sino evitar una distopía. Su postura es fundamentalmente defensiva: exigen arreglar un contrato social roto antes de que las condiciones de habitabilidad económica y ecológica sean irreversibles. Cuando los dioses del cambio se mueven, todo se mueve Cuando cambia el cielo de una época, también cambia lo que una sociedad está dispuesta a soportar. Esta policrisis tiene múltiples causas y raíces que se remontan años atrás y en las que no entraremos ahora, igual que están alentados por grupos extremistas y políticas incluso de otros países dispuestos a sacar partido. Y son muchos los agentes que participan. Y por eso no podemos caer en la simplificación de atribuir una sola causa. Del mismo modo, simplificar una interpretación astrológica de lo que está ocurriendo ahora sería un error, porque aquí cada problema se mezcla con otros, ya que las distintas capas de la geopolítica y la vida colectiva se están reorganizando a la vez por el gigantesco cambio de paradigmas que traen, entre otros factores, los cambios simultáneos de signo de Urano, Neptuno y Plutón. Y en eso estamos. Además, estos cambios de los planetas lentos hacen que varios umbrales generaciones se entrecrucen en esta misma transición. Cuando cambia uno de estos planetas, una sociedad puede absorber la novedad apoyándose en otras continuidades. Cuando cambian los tres, los apoyos también se mueven. Lo que ayer parecía una solución puede perder eficacia antes de haber terminado de aplicarse. Urano en Géminis: el cambio corre más deprisa que nuestra capacidad de adaptación Urano introduce discontinuidad, inventos, rupturas, emancipaciones y alteraciones que vuelven insuficientes los procedimientos anteriores. En Géminis, esa sacudida encuentra un campo especialmente fértil en el conocimiento, la enseñanza, las comunicaciones, el comercio y la circulación de personas e información. La contradicción social es inmediata. Se exige aprender continuamente, actualizar competencias y aceptar nuevas formas de trabajar, mientras resulta cada vez más difícil saber cuánto durará la utilidad de lo aprendido. La formación deja de sentirse como una conquista estable y puede convertirse en una carrera cuya meta cambia a cada momento. Desde esta perspectiva, las protestas educativas tienen un significado que excede el presupuesto de las escuelas. También interrogan la relación entre preparación y porvenir: ¿para qué mundo se está formando a los jóvenes y qué lugar podrán ocupar en él? Urano en Géminis facilita, además, que agravios dispersos encuentren un lenguaje compartido. Una reivindicación cruza la frontera y ayuda a otros a reconocer su propio problema. La movilización puede adquirir velocidad antes de disponer de una organización sólida. Ahí reside tanto su potencia como su fragilidad: es más fácil propagar una convocatoria que acordar qué se hará después de reunirse. Plutón en Acuario: la pelea por quién gobernará el futuro Plutón en Acuario lleva la transformación al terreno de las organizaciones colectivas, las redes y los proyectos de sociedad. La cuestión del poder se introduce en las promesas de modernización: quién controla la tecnología, quién decide las inversiones, quién administra los datos y quién puede imponer a otros el coste de una reconversión. El futuro suele presentarse como una dirección inevitable. Pero esa supuesta inevitabilidad contiene decisiones muy concretas. El cambio de época tiene administradores, propietarios y beneficiarios. Plutón lleva esa modernización hacia las fuerzas que concentran recursos, dominan posiciones estratégicas y pueden condicionar la vida de otros. La riqueza ocupa aquí un lugar central, pero el conflicto alcanza también a su justificación. Una gran fortuna puede presentarse como premio al mérito, motor de inversión o demostración de éxito. Para quienes padecen dificultades crecientes, esa misma acumulación puede convertirse en prueba de que las reglas favorecen a quienes ya tienen capacidad para influir sobre ellas. La desigualdad se vuelve políticamente explosiva cuando pierde su explicación aceptable. El problema deja de ser únicamente que otros tengan más y aparece la sospecha de que su posición les permite decidir cuánto podremos tener los demás. ¿Dónde reside realmente el poder, en una figura política, una organización, una ideología…? ¿O la masa? Neptuno en Aries: cuando la esperanza toma partido Neptuno interviene en los grandes anhelos, las identificaciones colectivas y las promesas capaces de dar sentido al esfuerzo. En Aries, signo de iniciativa y combate, el ideal adquiere una expresión más impaciente: necesita actuar, conquistar terreno, señalar una dirección. La esperanza puede convertirse en militancia. La decepción, en indignación. Una causa proporciona pertenencia y permite sentir que el sufrimiento particular forma parte de una lucha compartida. Eso puede despertar solidaridad y coraje. También puede revestir los conflictos de una certeza peligrosa: creer que nuestra causa nos concede inocencia y que todos los obstáculos proceden de un enemigo. Cuando una reivindicación se vuelve redentora, negociar empieza a parecer una claudicación. En las calles pueden encontrarse ambas expresiones: la voluntad de defender condiciones dignas y la tentación de atribuir a la destrucción un poder regenerador. Neptuno en Aries plantea qué ideales merecen nuestra entrega y cuánto juicio estamos dispuestos a conservar mientras los defendemos. Pero también la conjunción Saturno-Neptuno también está influyendo. Saturno-Neptuno: la promesa llega a la ventanilla de reclamaciones La conjunción de Saturno y Neptuno es clave para entender la relación entre las estructuras de una sociedad y las esperanzas que esas estructuras deberían hacer posibles. Podemos leer a Saturno como la prueba de realidad de las promesas neptunianas. ¿Con qué recursos se financian? ¿Qué plazos requieren? ¿Quién responde cuando fracasan? A su vez, Neptuno pone a prueba la legitimidad de Saturno: ¿para qué sirve una institución que conserva sus procedimientos mientras pierde el sentido de su función? Así aparece el Gran Desengaño del que hablamos en el libro sobre los ciclos entre estos dos planetas y que nunca falta bajos las conjunciones entre Saturno y Neptuno. La educación promete oportunidades; el trabajo, autonomía; la modernización, prosperidad; la política, representación. Cuando esas correspondencias se debilitan, se resiente algo más profundo que la satisfacción con un gobierno y se deterioran la fe y la esperanza. En Aries, esa fractura busca una respuesta activa. El sacrificio aplazado encuentra menos paciencia y la autoridad tiene que demostrar para qué merece ser obedecida. Los tres lentos abren escenarios nuevos; Saturno-Neptuno exige comprobar qué promesas pueden adquirir consistencia, qué narrativas han caído y, sobre todo, identificar en qué reside realmente el gran desengaño de la sociedad actual, quizá en especial de los jóvenes, quienes se sienten abandonados o defraudados y se están inclinando hacia políticas extremistas. Astromembresía cassanya.com CLAVES ASTROLÓGICAS DE LA SEMANA Del 31 de octubre al 1 de noviembre La semana comienza con una invitación a mirar hacia dentro. El Sol transita por Escorpio y Mercurio también, además de estar retrogradando. Mientras Venus, también retrógrada y regresa a Libra, poniendo el foco hacia nuestras relaciones y hacia la delicada tarea de encontrar el equilibrio entre el deseo propio y las necesidades ajenas. El cielo parece hablarnos de aquello que necesita ser revisado: las palabras que quedaron suspendidas, los sentimientos que no supimos nombrar y los vínculos en los que, quizá sin darnos cuenta, hemos dejado de escucharnos. La Luna llena en Tauro ilumina una de las grandes contradicciones de la experiencia humana: queremos que las cosas permanezcan, pero también necesitamos transformarlas. Buscamos seguridad, aunque a veces esa misma seguridad nos mantiene aferrados a situaciones que ya no nos hacen bien. Tauro nos recuerda el valor de lo sencillo, del cuerpo, del descanso y de todo aquello que nos sostiene sin hacer ruido; Escorpio, en cambio, nos invita a atravesar las apariencias y reconocer qué se ha agotado, qué necesita renovarse y qué merece seguir creciendo. Más aún con Plutón formando una media cruz, algo que tiene mucho que ver precisamente en el tema de las revueltas y protestas que tratamos en la Astromembresía de esta semana. Puede ser una semana reveladora si no confundimos intensidad con verdad. No todo lo que nos conmueve exige una respuesta inmediata, ni todo lo que se tambalea está destinado a desaparecer. Introspección, sí, pero no hace falta desenterrar todos los secretos ni resolver cada incertidumbre. Con el cambio de mes, la entrada de la Luna en Leo traerá una invitación a recuperar la alegría, la creatividad y el deseo de expresarnos, pero habrá cuarto menguante de Luna y tampoco son tiempos de tirar la casa por la ventana, sino de purgar. ¡Feliz semana!