Hacia mitad del siglo XVII, después de muchos años sin pintar apenas, Diego Velázquez retomó los pinceles para retratar al rey Felipe IV, a la reina Mariana de Austria y a la infanta Margarita junto a otros personajes en un gran lienzo de 310x276 cms. que quedaría para la posteridad y que marcaría un hito en la pintura.
Velázquez ejecutó este cuadro como un talismán astrológico para propiciar la continuidad en la corona española de los Austrias, seriamente amenazada.