En junio de 1908 se produjo una titánica explosión en la aislada región soviética de Siberia. Un estallido que liberó una energía de entre tres y cinco megatones -de 231 a 385 bombas atómicas como las lanzadas en Hiroshima-, que arrasó 2.200 kilómetros cuadrados, alteró el campo magnético de la Tierra, generó una onda sísmica que fue detectada en ciudades como San Petersburgo y San Francisco, sembró el terror y levantó el interés dentro de la comunidad científica sobre las “amenazas del cielo”. Tunguska ha sido hasta la fecha la mayor catástrofe causada por el presunto choque de un meteorito registrado durante el pasado siglo. Pero... ¿qué fue lo que realmente ocurrió? Aquella mañana del 30 de junio de 1908 los habitantes de la región siberiana de Tunguska quedaron sobrecogidos cuando una colosal masa de fuego surgió en el cielo cerca de las siete de la mañana. Ninguno de los lugareños, pertenecientes muchos de ellos a la etnia local de origen mongol Tungus, sabía qué podía ser aquella llameante forma alargada que, con un resplandor mayor que el del propio Sol, envuelto en una estela de polvo y pequeñas humaredas descendía velozmente. Instantes después surgió el desconcierto cuando, tras impactar en las cercanías donde confluyen los ríos de Podkamenaya y Nizhingua, surgió un gran hongo sobre la superficie terrestre. Los cristales de las casas temblaban, los muebles se caían, mientras el suelo temblaba y se escuchaban continuas explosiones. “A la hora del desayuno yo estaba sentado cerca del puesto comercial de Vanarava mirando al norte. De repente -relató uno de los habitantes “tungus” que presenció el fenómeno- vi que sobre la ruta de Tunguska el cielo se abrió en dos partes y apareció un fuego muy alto sobre todo en el bosque. La grieta en el cielo se hizo más grande y toda la parte norte se cubrió de fuego. Sentí un golpe de calor que se hizo insoportable, parecía que mi camisa se quemara. Del lado norte, donde estaba el fuego, vino una fuerte ola de calor. Me quise quitar la camisa y tirarla lejos pero entonces los cielos se cerraron y se escuchó una gran explosión. Fui arrojado a varios metros de distancia, perdí el sentido por unos instantes pero entonces mi mujer salió y me llevó a casa. Luego se oyó un ruido, tal como si grandes rocas rodaran unas contra otras, como un fuego de artillería. La tierra tembló y caí al piso. Apreté mi cabeza contra la tierra porque temía que me cayeran piedras y me golpearan. Cuando el cielo se abrió un viento ardiente pasó entre las casas como el que sale de las bocas de los cañones dejando surcos en el suelo y destruyendo los sembrados. Luego vimos que todas las ventanas se habían roto y, en el granero, el pestillo de hierro de la cerradura se había partido en dos”.
Un momento que varias estaciones sísmicas registraron como un terremoto que alcanzó los cinco grados en la Escala de Ritcher y que llegó a paralizar el ferrocarril transiberiano ante el temblor de los vagones y las vías férreas. Movimientos telúricos que afectaron a poblaciones ubicadas a 400 kilómetros del epicentro como así reflejaron los informes del distrito de Kansk. Durante las siguientes semanas, según divulgaron los rotativos de la época, el polvo en suspensión redujo la transparencia de la atmósfera -tal como informó el Observatorio Smithsiniano de Astrofísica y el del Monte Wilson- pudiéndose leer los periódicos a media noche.
¿Qué había pasado? La pregunta permaneció rodeada de misterio durante casi una década debido a las tensiones políticas existentes en la Rusia zarista que utilizaron este suceso como una señal divina en una etapa convulsa para la sociedad. No fue hasta dos décadas más tarde, cuando el especialista en meteoritos Leonid Kulik, con el apoyo de la Academia Soviética de las Ciencias, lograba -tras años de búsqueda y apoyo oficial siempre frenado por el gobierno zarista- llegar a una zona aislada ubicada a 70 kilómetros de la ciudad de Vanarava que había quedado completamente devastada. El equipo de estudiosos comandados por Kulik descubrió 2.200 kilómetros cuadrados de tierra arrasados en el mismo paraje sobre el que chocó -según informaron los periódicos que había consultado en archivos y bibliotecas- el presunto meteorito que sembró de estupor y temor los poblados localizados en el territorio siberiano a principios del siglo XX. El infierno se había hecho realidad en aquel olvidado paraje tal y como dejó rubricado en sus cuadernos de bitácoras. Todos los árboles aparecían tumbados en la misma dirección. Aplastados de forma radial alrededor de un punto que, en un principio, todos los investigadores creyeron se trataba del lugar de la colisión que provocó la catástrofe y que, extraña y curiosamente, dejó ocho kilómetros de arbustos quemados, sin ramas, pero en pie. Tunguska, a pesar del tiempo transcurrido y del misterio que lo rodeaba, se convirtió en uno de los capítulos que hizo generar el miedo y despertar la conciencia científica ante el peligro que supondría un impacto de similares o mayores dimensiones en nuestro planeta. Suceso que junto con otros sembraron y siembran el terror entre quienes lo vislumbraban. Explosiones de fuego en el cielo, columnas de humo, lenguas incandescentes y bolas en llamas tan sólo parecían señalar antaño el fin del mundo en los campos y las ciudades. Hechos recogidos desde la más remota antigüedad que, hasta bien entrado el siglo XIX, fueron negados sistemáticamente por muchos hombres de ciencia.
Argamedon: la amenaza del cielo Hoy sabemos que los meteoritos, nombre que proviene del griego meteoron y cuyo significado es “fenómeno en el cielo”, son en realidad la caída de materia que existe en el Sistema Solar y que, al entrar en contacto con la atmósfera terrestre, produce una incandescencia temporal resultado de la fricción atmosférica a una altura de entre 80 y 110 kilómetros. Fragmentos rocosos que son clasificados en función de su estructura, composición química isotópica y mineralógica. Denominados o etiquetados con el nombre del lugar donde impactaron y de los que se hallan numerosos restos en los grandes llanos de Estados Unidos, la Antártida, Australia o el Sahara. Pero además, se ha descubierto que estos bellos fenómenos celestes y astronómicos pueden ser la causa del aniquilamiento y destrucción de la vida en la Tierra, como así acuerdan todos los expertos que ocurrió con la extinción de los dinosaurios durante la era jurásica. No en vano, los astrónomos han constatado la existencia de los etiquetados asteroides potencialmente peligrosos PHA (Potentially Hazardous Asteroid). Es decir, aquellos objetos próximos a la orbita terrestre, ya sean restos de cometas o asteroides, que por sus dimensione -un diámetro superior a los 50 metros para los meteoritos y un kilómetro para los asteroides- causarían destrucciones locales o catástrofes globales de inimaginables magnitudes y parecidas a las que ocurrieron en Tunguska. Afortunadamente gracias al proyecto Spaceguard Survey, nombre genérico que engloba los programas internacionales dedicados a la detección y catalogación de objetos próximos a la Tierra, incluyendo los potencialmente peligrosos, en el que España colabora desde el granadino centro astronómico de La Sagra, podemos estar aparentemente tranquilos. Los grandes destructores, como el que aniquiló la vida jurásica, chocan contra la Tierra una vez cada cien millones de años, los de 50 metros lo hacen una vez cada mil quinientos años y los de 20 metros lo hacen cada cincuenta años. Hoy el Instituto de Ciencias del Espacio tiene bajo vigilancia 742 objetos, es decir el 79% de las amenazas que, al igual que Tunguska, supondrían una tragedia. Pero existe un 30% que se escapa al control y vigilancia. Algunos de ellos han sido los protagonistas de significativos y singulares episodios en la geografía española. |